La idea original se vendió como un avance civilizatorio: plataformas para acercar a la gente, democratizar la conversación pública y ampliar el acceso a la información. Dos décadas después, el balance es mucho menos épico y bastante más incómodo. En 2026, las redes sociales se parecen menos a una infraestructura social y más a un mecanismo industrial de captura de atención, extracción de datos y manipulación de comportamientos a escala.

El juicio iniciado esta semana en Estados Unidos sobre el diseño adictivo de las plataformas y su impacto en la salud mental juvenil no llega pronto: llega tarde. Muy tarde. Porque el debate relevante ya no es cómo “arreglar” lo que está mal, sino si tiene sentido seguir tolerando un modelo que, por diseño, necesita maximizar impulsos, reacciones y permanencia para convertirlos en ingresos publicitarios.

El producto no es el contenido: es el perfil de comportamiento

Durante años se ha repetido la misma coartada: “ofrecemos un servicio gratuito; la publicidad lo financia”. La frase es impecable… hasta que se observa qué se entiende por publicidad en el ecosistema actual: no anuncios, sino predicción. Cuanto mejor se anticipe lo que una persona hará, comprará, temerá o compartirá, más valioso es su perfil. Y para alimentar esa maquinaria, cada interacción se transforma en dato.

En esa lógica, las redes dejan de competir por ofrecer un buen servicio y pasan a competir por capturar señales: qué se mira, cuánto tiempo, qué se evita, a qué hora se está más vulnerable, qué provoca ansiedad o euforia. No es una metáfora. Es el corazón operativo de plataformas cuyo negocio depende de convertir conductas humanas en un activo comercial.

La privacidad como daño colateral… que en realidad es el núcleo del sistema

Los análisis que comparan qué aplicaciones recopilan y comparten más información personal llevan tiempo señalando a los grandes actores de la industria —con especial énfasis en el ecosistema de Meta— como líderes recurrentes en “invasividad” digital. En ese marco, Instagram, Facebook, Threads o Messenger no son solo plataformas de comunicación: son instrumentos de recopilación masiva orientados a perfilar, segmentar y monetizar.

La consecuencia práctica es clara: hablar de “conversación pública” en redes resulta casi ingenuo cuando el entorno está estructurado para medirlo todo, etiquetarlo todo y venderlo todo —aunque sea en forma de “audiencias” y “atribución” más que como datos crudos—. La vigilancia no es un exceso: es el mecanismo.

Cuando el algoritmo premia el choque emocional

En ese contexto, la degradación del contenido no es un accidente: es un resultado esperable. Si el objetivo es maximizar tiempo de pantalla y retorno publicitario, el contenido que mejor funciona no tiene por qué ser el más cierto, el más útil o el más matizado. Funciona el que provoca reacción inmediata.

Ese incentivo favorece una mezcla conocida: polarización, desinformación, discurso extremo, estafas diseñadas para públicos vulnerables y una dieta informativa basada en el sobresalto. Lo que “engancha” gana; lo que exige reflexión pierde. Y cuando una infraestructura de comunicación se optimiza para el conflicto, el conflicto acaba convirtiéndose en norma social.

El “modelo influencer” como síntoma, no como moda

La economía del creador se presentó como emancipación: cualquiera podría vivir de su talento sin intermediarios. Lo que ha emergido, en demasiados casos, se parece más a una fábrica de comerciales con estética aspiracional: recomendación pagada, autenticidad performativa y conversiones disfrazadas de estilo de vida.

No es que exista publicidad en redes —eso sería lo de menos—, es que la publicidad se convierte en cultura, y la cultura en un canal de venta permanente. El algoritmo no premia la calidad de una idea, premia su capacidad de multiplicarse. Y si lo que se multiplica es lo superficial, lo histriónico o lo tóxico, el sistema lo trata como éxito.

Responsabilidad: no bastan las disculpas ni la “autorregulación”

Llegados a este punto, las declaraciones corporativas sobre “conectar al mundo” suenan más a eslogan que a propósito. El problema no es que falten parches, verificadores o ajustes de interfaz. El problema es que el incentivo central sigue siendo el mismo: capturar atención para vender segmentación.

Y ahí entra la cuestión de la rendición de cuentas. Convertir a Mark Zuckerberg —o a cualquier otro directivo— en villano de novela no es necesario para ver el fondo del asunto: cuando un producto está diseñado para maximizar permanencia a costa de bienestar, y se sostiene con extracción de datos, el daño no puede tratarse como “externalidad”. Las sociedades democráticas han regulado industrias por razones menos graves que el deterioro de la salud mental, la integridad informativa o la privacidad cotidiana.

¿Cerrar el ciclo? Prohibir el modelo, no “mejorar el veneno”

La discusión más incómoda es también la más simple: si una plataforma necesita vigilancia y microsegmentación para ser rentable, ¿por qué aceptar esa base como normal? La pregunta no debería ser “cómo hacer redes sociales más seguras”, sino “qué modelos de comunicación digital son aceptables”.

Una salida razonable no pasa por prohibir hablar en Internet, sino por prohibir —o limitar de forma drástica— el modelo económico basado en el espionaje conductual y la publicidad hipersegmentada. Eso obligaría a cambiar el diseño del producto: menos incentivo a la adicción, menos presión por retener, menos recompensa a lo tóxico.

Internet existía antes de las redes sociales y puede existir después. Lo que hoy se defiende no es la Red: es el margen de un puñado de corporaciones que han convertido la conversación pública en un mercado de atención monitorizado al milímetro.

Puede que el signo real de madurez digital no sea subirse a “la próxima plataforma” como si fuera un destino inevitable, sino tener el coraje colectivo de abandonar lo que ha demostrado ser, en su forma actual, un callejón sin salida. No es radicalismo. Es higiene social en un ecosistema que lleva demasiado tiempo confundiéndose con la vida misma.

vía: Enrique Dans

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